Por Mariana Pérez-Marmol[i], Johana Muñoz-López[ii] y Dayla Céspedes-Ordóñez[iii]
Palabras clave: Educación, Innovación, Investigación, PROFESORADO
La “revolución tecnológica” es el reflejo de la digitalización global de las sociedades actuales a causa del crecimiento frenético de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC). Una realidad que ha exigido desde los inicios del siglo XXI la búsqueda incipiente por diseñar instrucciones legislativas internacionales que garanticen la constitución de un marco regulativo para diseñar proyectos educativos que favorezcan el desarrollo de la competencia digital (Muñoz-López et al., 2026). Un reto que ya no solo se focaliza en garantizar que los sistemas educativos apliquen conocimientos específicos para que los/as futuros/as ciudadanos/as aprendan a hacer un uso ético y crítico de las Tecnologías de la Sociedad de la Información (TSI), sino que, desde un enfoque más amplio sustentado en numerosos estudios emergentes, tras la situación sobrevenida de la COVID-19 para la educación, que provocó la modalidad online del proceso de enseñanza-aprendizaje, se inicia un proyecto que aborda el desarrollo de la Competencia Digital Docente (CDD) con el fin de favorecer la inclusión de recursos didáctico-tecnológicos a través de metodologías activas e innovadoras (Carbonell, 2019). Así se constituyen marcos de instrucciones socioeducativas para la formación continua de los docentes en CDD, siendo dos de ellos de gran relevancia «Digital Competence Framework for Educators» (DigCompEdu, 2017) y el «Sustainable Development Goals and the ISTE Standards» (2026).








n este post, previo a la celebración de las VIII Jornadas de Redes de Investigación para la Innovación Docente de la UNED -de las cuales hablaremos más adelante-, nos ha parecido tan pertinente como interesante comentar el reciente trabajo publicado en