Por Alberto Sánchez Rojo[i]
Universidad Complutense de Madrid
Asistente de Edición de Teoría de la Educación. Revista Interuniversitaria
Palabras clave: TERI, teoría de la educación, publicaciones
Hace ya más de una década el filósofo de la educación Wilfred Carr (2006) afirmaba que nos encontrábamos en un momento en el que podríamos hablar de una educación sin teoría, al menos en el sentido en el que la teoría de la educación se había configurado como disciplina a partir de finales del siglo XIX y principios del siglo XX. La teoría de la educación se había erigido como aquella disciplina que venía a aportar los fundamentos que habían de regir los fines y principios de cualquier desarrollo o intervención pedagógica; es decir, como aquella disciplina cuyos hallazgos debían preceder a toda práctica. Hoy, por el contrario, consideramos que debe ser la práctica lo primero y, solo a partir de ahí, extraer, dibujar y elaborar las teorías educativas. De esta manera, suele considerarse mayoritariamente que “la reflexión teórica ha de ser una teoría de la práctica y para la práctica. Una teoría que tiende a fundamentar la práctica de la que surge y a la que sirve y orienta” (García Aretio, et al., 2011, p. 237). La idea de una teoría cuya elaboración y consistencia preceda y anteceda a toda práctica, es actualmente, por tanto, considerada un sin sentido, alejada de la manera más extendida de concebir la educación y, muchos dirían, de lo que la sociedad demanda de ella.





